Ranking Musical de Japón — 1956 (Canciones Reales)
Aunque Elvis Presley apenas empieza a sacudir EE. UU., en los clubes de Ginza y en las bases militares, los jóvenes japoneses empiezan a imitar el tupé y el movimiento de caderas. No es aún un fenómeno de masas, pero los "Nichigeki Western Carnivals" están en gestación. La música deja de ser estática; ahora se mueve.
Gracias a Frank Nagai, la música popular se vuelve aterciopelada. Ya no se trata de cantar sobre el campo, sino sobre las citas en cines de lujo, el humo de los cigarrillos en los bares de Shinjuku y el asfalto mojado. Es una música diseñada para los nuevos sistemas de sonido de alta fidelidad (Hi-Fi) que llegan a las casas.
Si la TR-55 del año pasado era un experimento, la nueva TR-6 de Tokyo Tsushin Kogyo es un objeto de deseo. Con colores vibrantes y un diseño más estilizado, la radio empieza a aparecer en los parques y playas. La música se vuelve un accesorio de moda. El individuo ya no espera a llegar a casa para escuchar su programa favorito; lo lleva consigo.
1956 es el año del cine "Taiyōzoku" (La generación del sol). Las películas sobre jóvenes rebeldes y desinhibidos imponen las bandas sonoras. Si una canción sale en una película de la Nikkatsu, se convierte en éxito instantáneo. La imagen y el sonido se funden en una sola estrategia de marketing.
“Si 1955 fue un susurro nocturno, 1956 fue el encendido de un letrero de neón. Fue el año en que Michiya Mihashi hizo llorar a todo un país desde el vagón de un tren, mientras Frank Nagai enseñaba a los hombres de la ciudad a seducir con la voz baja. Pero, bajo esa elegancia orquestal, algo vibraba. Era la electricidad de los nuevos transistores, más pequeños y audaces, y el eco lejano de una guitarra eléctrica que venía del otro lado del mar. 1956 no fue un año de transiciones silenciosas; fue el año en que Japón subió el volumen de su propia recuperación. La música ya no solo acompañaba la soledad: ahora celebraba la velocidad de una vida que, por fin, se sentía moderna.”